Perdón, por fin

Rompo mi desgana;
me desengancho del desdén;
me río de chistes sin gracia
para no descarrilar el tren
y apaciguo entre las barras
el recuerdo de mi luna de miel
para no escuchar a mis lágrimas
caer sobre este papel.

Y no es que sienta nostalgia
ni que eche de menos el ayer,
sino que mi pasado me embaraza
y me recuerda el que no quiero ser.

Fui una oveja sin lana,
fui un trago dado sin sed,
fui una vieja operada
para que nadie la pudiera reconocer,
fui una bandera bajada,
fui un simple perro fiel
que ni siquiera se cuestionaba
qué hacer para estar bien.

Y, de repente, una madrugada
en la que posiblemente debió llover,
te fuiste, de una patada
y vi cuánto había dejado de crecer.

Grité, lloré, pataleé de rabia,
preguntándome cómo te pude querer
y hallé, bajo el último hielo de un cubata
la careta que me había decidido poner.
Después vinieron una dura resaca,
un desengaño, una ruina y un vaivén,
una pierna rota y una fría cama
que por fin me obligaron a ver
que no importa que fueras una rata,
que da lo mismo un error que cien,
que lo único que de verdad importaba
para poder avanzar y crecer
era escrutar a fondo mi alma
y entonces, al fin, me perdoné.

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