Adiós

Te fuiste,
me dejaste y te fuiste,
abandonado en la cuneta,
perdido entre las sombras,
vagando en el desierto,
sin sueños ni esperanzas,
con rencor y sin consuelo.

Convertiste el fuego en escarcha
y después esa escarcha en hielo,
dejándome bajo cero,
oscureciendo mi alma
y llenando mis lamentos.

Te fuiste,
te diste la vuelta
y simplemente te fuiste,
sin mirar hacia detrás
y quisiste mostrarme tu peor cara
dándome besos de muerte
y llena de falsas lágrimas.

No supe reaccionar, creo,
no supe despedirme,
no supe ser fuerte y caminar
y me quedé parado y quieto
mirando a tu sombra alejarse
y esperando, como un tonto,
que nunca desapareciese.

Pero se acabó,
y en poco tiempo pasé a ser
un recuerdo poco importante,
una china en tu zapato
un pequeñísimo escalón
de la escalera de tu pasado.
Todo acabó hace ya tiempo
y por mucho que quise agarrarte
te me fuiste entre los dedos
una tarde de enero
cuando no hacía sol, ni lluvia,
ni frío, ni calor,
ni viento.

Debo mirarme en el espejo,
decir que luché sin trampas
por el que era mi sueño
y que volví derrotado
pero orgulloso de mi esfuerzo.
Debo decirte adiós,
debo olvidar tus besos,
debo enterrar tu recuerdo
en aquel negro agujero
del que sólo salen las cosas
para atormentarme sin consuelo
las solitarias noches de invierno.

Adiós, niña,
tú te lo pierdes,
porque en lugar de elegir la vida
elegiste la muerte,
porque en lugar de plantar la semilla
la quemaste con tu hielo,
porque en lugar de quererme
elegiste desconocerme.

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